LA CARIDAD PASTORAL: PRINCIPIO INTERIOR Y VIRTUD QUE ANIMÓ Y GUIÓ LA VIDA ESPIRITUAL DE MONS. ROMERO

No podemos hablar simplemente de la conversión de Mons. Romero en sus últimos tres años de vida Arzobispal. El Siervo de Dios siempre vivió desde sus primeros años de sacerdocio su conversión como una experiencia de fe cristiana, con un profundo sentido de abandono a Dios y a la Iglesia de Cristo mediante una vida espiritual madura y profunda, radicada en la caridad pastoral, que es el camino específico de santidad para cualquier sacerdote y, además, constituye un auténtico servicio a los fieles en el ministerio pastoral.
Quienes conocimos a Mons. Romero desde sus primeros años de sacerdocio, somos testigos que mantuvo vivo su ministerio dándole primacía absoluta a una nutrida vida espiritual, la que nunca descuidó a causa de sus diversas actividades, manteniendo siempre una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor a través de la liturgia, la oración personal, el tenor de vida y la práctica de las virtudes cristiana, así quiso configurarse con Cristo Cabeza y Pastor participando de su misma “caridad pastoral”.
“El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la total donación de sí a la iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen. La caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Y resulta particularmente exigente para nosotros… Destinatarios de esta caridad pastoral es la Iglesia en la que el sacerdote ejerce su ministerio como “amoris officium” hacia la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiado, oficio vivido en comunión con toda la Iglesia esposa de Jesucristo. Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote, concentrando cada instante y cada gesto en torno a la opción fundamental y determinante de “dar la vida por la grey” garantizando así la unidad vital, indispensable para la armonía y el equilibrio espiritual del sacerdote”. (cfr. PDV 23).
Mons. Romero nutrió de múltiples prácticas de piedad esa caridad pastoral: ya en el seno familiar aprendió, específicamente de su padre, las primeras oraciones y la devoción a los santos. La austeridad fue característica permanente en su vida vocacional; la continua oración personal fue vivida siempre como un momento de diálogo profundo con Dios, lo que consideraba de vital importancia para su sacerdocio. De enero de 1966, después de unos ejercicios espirituales, consta en sus Cuadernos Espirituales que se proponía una reforma espiritual de la siguiente manera: “ I. Para fortificar mi vida interior: 1. sincero retorno a la piedad: meditación diaria. 2. Examen de conciencia (después de la siesta y uno breve antes del almuerzo. 3. Breviario y lectura espiritual. 4. Volver al Rosario de la Iglesia. 5. Volver al retiro mensual. 6. Acción de gracias después de la misa. 7. Confesión semanal, dar carácter de penitencia y mortificación a mis deberes.
Mons. Romero fue también un asceta. Este aspecto de su vida espiritual se destaca en sus cuadernos espirituales en los cuales delinea el programa de su vida sacerdotal y episcopal, como camino de santificación. El bien conocía su timidez, su sensualidad, sus faltas de carácter, en general sus debilidades humanas. Estas son algunas de sus prácticas ascéticas:
1. Ante todo, el deber, las circunstancias, las pruebas de la vida serán mi mejor purgatorio.
2. En la comida, dieta de diabético. Alguna privación en cada comida, algún ayuno en las principales vigilias (en la de los apóstoles), no comer dulces.
3. Cilicio. Una hora diaria.
4. Disciplina. Los viernes.
5. Siesta breve (media hora). Alguna vez dormir en el suelo. Maitines a media noche.
En la época de Sacerdote tenía tres devociones principales que nutrían también su fecundo ministerio: el Santísimo Sacramento, la Santísima Virgen María y la figura del Papa.
La devoción preferida del Siervo de Dios, desde pequeño, fue la adoración al Santísimo Sacramento frente a quien cada día hacía tres largos ratos de oración: uno por la mañana, otro al medio día y el tercero antes de dormir. Es notorio para muchos testigos que las decisiones más importantes siempre las tomó de rodillas frente al Santísimo.
La segunda devoción era a la Santísima Virgen a quien amaba intensamente y le ofrendaba a diario el rezo del Santo Rosario, ella, en su vida Arzobispal, le acompañó la devoción al Sagrado Corazón de Jesús a quien le había consagrado toda su vida, consagración que renovaba cada mes.
La tercera devoción es la que profesó a la Iglesia en la persona del Papa intentando traducirla en una constante y sincera actitud para “sentir con la Iglesia”.
Su opción por los pobres, objeto de su predilección pastoral, no nace en Mons. Romero a partir de la convulsionada historia del dolor de los pobres que le toco vivir. En los años de vida Arzobispal floreció lo que en germen traía en el corazón y en su vida desde los primeros años de joven sacerdote. La opción por los pobres brotó en el “testigo de la fe”, desde su primer encuentro con el Pobre de Nazareth y la vivió en fidelidad al Magisterio de la Iglesia, como gesto de solidaridad fraterna fruto de su conversión permanente. La vivió en la dimensión de la cruz, no le fue fácil, fue el signo sacerdotal más claro de su vida que lo llevó a la imitación de Cristo: “dar su vida por su grey”..
La caridad pastoral marcó en Mons. Romero el tono de “su predicación de la Palabra”. La Palabra de Dios fue para él fuente de inspiración vital, tenía además la conciencia de la absoluta necesidad de permanecer fiel y anclado en la Palabra de Dios, en la Tradición y en el Magisterio, para ser verdadero discípulo de Cristo y conocedor de la verdad. En el ministerio de la Palabra, lo más notable de su predicación es la solidez doctrinal, fruto de largas horas de oración y de estudio. Nunca le animó a Mons. Romero la intención de agitar al pueblo, al odio y a la violencia, pero era evidente que su palabra a menudo era fogosa como la de los profetas que se enfrentaron a realidades similares. Su mensaje siempre tuvo como tres elementos inseparables: el anuncio del mensaje cristiano, la invitación a la conversión y la apertura a los pecadores. Ciertamente sobran los testimonios que demuestran cuánta gente creció en su fe, gracias a su ministerio de la Palabra, otros se sintieron molestos por ella. Ciertamente él mantuvo un esfuerzo permanente de interpretar los signos de los tiempos y de iluminar la historia del país desde el Evangelio y desde la Doctrina Social de la Iglesia. Como Pastor de la comunidad existió y vivió para ella, por ella rezó, le anunció un mensaje para la vida y se sacrificó hasta su muerte martirial. Esta experiencia fue en verdad para él un “sentir con la Iglesia”.
Si bien el ministerio de la Palabra fue un elemento fundamental en toda su labor sacerdotal, su núcleo y centro vital fue la Eucaristía, la que nunca celebró sin haberse preparado adecuadamente, su fe y el amor por la Eucaristía hicieron imposible en él que la presencia de Cristo en el Sagrario permaneciera solitaria. La Liturgia de la horas, fue en él un momento privilegiado para la adoración eucarística.
La obediencia, como valor sacerdotal de primordial importancia supo vivirla como verdadera actuación de la libertad personal, el hilo conductor de la caridad pastoral lo llevó a vivirla como una “obligación especial de respeto al Sumo Pontífice, a la Iglesia y su Magisterio, consciente, como lo era, que ella le venía inspirada por el Señor Jesucristo y su Evangelio.
Finalmente, a ejemplo de Cristo pobre, Mons. Romero buscó con la ayuda del Señor, configurar su vida con El en la libertad interior ante todos los bienes y riquezas del mundo. Amigo de los pobres, reservó para ellos las más delicadas atenciones de su caridad pastoral, recordando siempre que la primera miseria de la que debe ser liberado el hombre es el pecado, raíz última de todos los males.
Son todos éstos los cimientos de espiritualidad sobre los que Dios, nuestro Padre, convocó al Siervo de Dios para ser “el testigo de la fe más grande entre los salvadoreños”.
Monseñor Rafael Urrutia (Vicepostulador de la Causa de la Beatificación de Monseñor Romero)

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