La esposa que dejó de enojarse

La historia de una mujer que dejó de enojarse y cambió su vida para bien. Se
recomienda leer este artículo a todos aquellos que creen que los problemas de su matrimonio solo se solucionan con el divorcio.

— Aplazaba ese momento como podía, pero ese día llegó. El día en el que mi marido Bill se fue a trabajar y tomo las maletas, agarré a mi hijo de dos años y nos fuimos de la casa con mis padres. Mi mamá nos recibió y me dijo que no me iban a dejar sola y que me iban a apoyar en todo.

«Pero antes de que dejes definitivamente a tu marido, -dijo mi mamá- hazme un favor». Puso enfrente de mí una hoja de papel, trazó una línea vertical en el medio y me pidió escribir en la primera columna las cosas que no podía soportar de Bill. Creí que en la segunda columna me pediría escribir la lista de sus cualidades, y definitivamente sabía que iba a ser mucho más corta.

Sabía qué escribir en la primera columna:

Bill siempre tira sus cosas.
Jamás me avisa a dónde va.
Se suena la nariz cuando comemos.
Jamás me hace buenos regalos.
Es desordenado y tacaño con el dinero.
No me ayuda en la casa.
Siempre está callado y no se comunica conmigo.

Fue una lista tan larga que se me acabó el espacio en la hoja. Ahora tenía una prueba contundente de que ninguna mujer viviría al lado de ese monstruo.
Con una sonrisa satisfecha le pregunté a mi mamá: «¿Quieres que escriba en la otra columna sus cualidades, cierto?»

Pero mi mamá dijo que las conocía sin ello. Y me pidió que escribiera mi reacción ante cada defecto de Bill. Enfrente de cada punto, qué es lo que yo solía hacer en respuesta a esa conducta.
Esto fue mucho más complicado, no esperaba que se tratara de mí. Pero sabía que mi mamá no me dejaría libre hasta que completara esa parte de la tarea también.

Así que empecé a escribir.
¿Cómo reaccioné?

Me enojé.
Grité y lloré.
Sentí vergüenza de estar a su lado.
Me hice mártir.
Quería casarme con alguien más.
Creí que merecía más.
Y que él no me merecía a mí.

Esta lista también fue infinita. Entonces mi mamá tomó la hoja de papel y la cortó a la mitad por la línea dibujada. Rompió en pedazos la lista de los defectos de Bill, la tiró a la basura y me entregó la lista acerca de mí, diciendo:

«Toma, piensa en eso hoy. Deja que el niño se quede con nosotros. Y luego ven, si decides dejar a Bill definitivamente, tu papá y yo te ayudaremos en todo».

Regresé a mi casa y miré mi lista. Sin la primera parte con los defectos de Bill, lucía fea. Vi el reflejo de mi espantosa conducta y actos destructivos y solo entonces me di cuenta de lo mal que me había comportado todo ese tiempo.

Luego pensé en aquellos defectos que me molestaban de mi marido. Y entendí que no había nada feo y que no pudiera perdonar. Estaba tan enojada que ni siquiera me daba cuenta de la suerte que tenía, mi marido era una buena persona, no perfecta pero buena.

Regresé con mis padres. Fue sorprendente lo diferente que ahora veía la situación. Ahora solo sentía serenidad y felicidad. Hace cinco años prometí estar con él en la salud y en la enfermedad, y me asusté al darme cuenta de lo fácil que era para mí cambiar la vida drásticamente y dejar a mi hijo sin padre solo por detalles y molestias momentáneas.

Cuando Bill regresó del trabajo, mi hijo y yo ya lo estábamos esperando.
Me gustaría decir que Bill cambió. Pero no, no fue así. Siguió haciendo lo que me molestaba. Sin embargo, cambié mi actitud frente a sus actos.

Y todavía estoy agradecida con mi mamá porque salvó nuestro matrimonio con su sabio consejo. Cuando Bill cumplió 49, lo diagnosticaron con Alzheimer, tuvo que dejar su trabajo de profesor y cuidaba de mi marido amado.

Cuando mi hijo me preguntó: «Mamá, ¿qué haremos cuando papá ya no pueda recordarnos?»; le contesté: «Nosotros lo recordaremos; lo recordaremos como al mejor papá del mundo y al marido amado, y recordaremos todo lo que nos enseñó, y cómo nos amó».

Becky Zerbe estuvo casada con Bill durante 29 años.

Autora: Becky Zerbe

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