Perdonar nos hace bien

Las grandes escuelas de psicoterapia apenas han estudiado la fuerza curadora del perdón. Hasta hace poco los psicólogos no le concedían un papel en el crecimiento de una personalidad sana. Se pensaba erróneamente y se sigue pensando que el perdón es una actitud puramente religiosa.
Por otra parte, el mensaje del cristianismo se ha reducido con frecuencia a exhortar a las personas a perdonar con generosidad, fundamentado ese comportamiento en el perdón que Dios concede, pero sin enseñar mucho más sobre los caminos que hay que recorrer para llegar a perdonar de corazón. No es, pues, extraño que haya personas que lo ignoren casi todo sobre el proceso del perdón.
A veces se olvida que el proceso del perdón a quién más bien hace es al ofendido hace el ofendido, pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida. le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a perdonar “hasta setenta veces siete”, está invitando a seguir el camino más sano y eficaz para erradicar de nuestra vida el mal. (Mateo 18,21-35).
No es fácil escuchar la llamada de Jesús al perdón ni sacar todas implicaciones que puede tener el aceptar que una persona es más humana cuando perdona que cuando se venga.
Sin duda hay que entender bien el pensamiento de Jesús. Perdonar no significa ignorar las injurias recibidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. Al contrario, si uno perdona es precisamente para destruir, de alguna manera, la espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse y actuar de manera diferente en el futuro.
El perdón es un gesto que cambia cualitativamente las relaciones entre las personas y supera el mal con el bien.
Sin embargo, el perdón es necesario para convivir de manera sana: en la familia, donde los roces de la vida diaria pueden generar frecuentes tensiones y conflictos; en la amistad y el amor, donde hay que saber actuar ante humillaciones, engaños, infidelidades posibles; en múltiples situaciones situaciones de la vida, en la que hemos de reaccionar ante agresiones, injusticias y abusos. Quién no sabe perdonar puede quedar herido para siempre.
Hay algo que es necesario aclarar desde el comienzo. Muchos se creen incapaces de perdonar porque confunden la cólera con la venganza. La cólera es una reacción sana de irritación ante la ofensa, la agresión o injusticia sufrida: el individuo se rebela de manera se rebela de manera casi instintiva para defender su vida y su dignidad. Por el contrario el odio, el resentimiento y la venganza van más allá de esta primera reacción. La persona vengativa busca hacer daño, humillar y hasta destruir a quién le ha hecho mal.
Perdonar no quiere decir necesariamente reprimir la cólera. Al contrario, reprimir estos primeros sentimientos puede ser dañoso si la persona acumula en su interior una ira que más tarde se desviará hacia otras personas inocentes o hacia ella misma. Es más sano reconocer y aceptar la cólera, compartiendo tal vez con alguien la rabia y la indignación.
Luego será más fácil serenarse y tomar la decisión de no seguir alimentando el resentimiento ni las fantasías de venganza, para no hacernos más daño. La fe en Dios perdonador, es entonces, para el creyente un estímulo y una fuerza inestimables. A quién vive el amor incondicional de Dios le resulta más fácil perdonar.

EMIL ESPINOSA OSPINO
Presbítero.

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