Reflexión: Virtud Teologal de la Esperanza

Virtud Teologal de la Esperanza

Para el Papa Juan, la segunda entre las siete “lámparas de la santificación” era la esperanza. Esta virtud, es obligatoria para todo cristiano.

Dante, en su Paraíso (cantos 24, 25 y 26) imaginó que se presentaba a un examen de cristianismo. El tribunal era de altos vuelos. “¿Tienes fe?”, le pregunta, en primer lugar, San Pedro. “¿Tienes esperanza?”, continúa Santiago. “¿Tienes caridad?”, termina San Juan. “Sí,-responde Dante tengo fe, esperanza y caridad”. Lo demuestra y pasa el examen con la máxima calificación.

He dicho que la esperanza es obligatoria; pero no por ello es fea o dura. Más aún, quien la viva, viaja en un clima de confianza y abandono, pudiendo decir con el salmista Abrahám: “Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque se enfrentara a mí todo un ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí una batalla, aun entonces estaré confiado”.

Se puede aplicar lo que de Abrahán dijo San Pablo: “Creyó esperando contra toda esperanza” (Rom 4, 18).

He aludido a los Salmos. La misma segura confianza vibra en los libros de los Santos. Quisiera que leyerais una homilía predicada por San Agustín un día de Pascua sobre el Aleluya. Él verdadero Aleluya –dice más o menos– lo cantemos en el Paraíso. Aquel será el Aleluya del amor pleno; éste de acá abajo, es el Aleluya del amor hambriento, esto es, de la esperanza.

No todos tiene simpatía con la esperanza. Nietzsche, por ejemplo, la llama “virtud de los débiles”.

Andrew Carnegie, un escocés que marchó, con sus padres, a América, donde poco a poco llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo. No era católico, pero me impresionó el hecho de que hablara insistentemente de los gozos sanos y auténticos de su vida. “Nací en la miseria -decía-, pero no cambiaría los recuerdos de mi infancia por los de los hijos de los millonarios. ¿Qué saben ellos de las alegrías familiares, de la dulce figura de la madre que reúne en sí misma las funciones de niñera, lavandera, cocinera, maestro, ángel y santa?”. Se había empleado, muy joven, en una hilandería de Pittsburg, con un estipendio de 56 miserables dólares mensuales. Una tarde, en vez de pagarle enseguida, el cajero le dijo que esperase. Carnegie temblaba: “Ahora me despiden“, pensó. Por el contrario, después de pagar a los demás, el cajero le dijo: “Andrew, he seguido atentamente tu trabajo y he sacado en conclusión que vale más que el de los otros. Te subo la paga a 67 dólares”.

Carnegie volvió corriendo a su casa, donde la madre lloró de contento por la promoción del hijo. “Habláis de millonarios -decía Carnegie muchos años después–; todos mis millones juntos no me han dado jamás la alegría de aquellos once dólares de aumento”.

 

FE, ESPERANZA Y AMOR
Firmes en la Fe, caminando con Esperanza para manifestar alegres el amor de Dios

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  1. domingo favela mtz Responder

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