Arraigados, edificados, firmes en la fe

Esto equivale a decir que después del primer «sí» que Dios iba dando a todo lo creado («Y vio Dios que era bueno»), con Cristo se ha renovado «el sí de Dios Padre» a la humanidad y sus afanes. Y «metidos» en Cristo pronunciamos los cristianos el «Amén» (así sea) a Dios y a su amor. El «sí» de Dios es lo que hace posible nuestro «sí»: que aceptemos agradecidos nuestra vida como Dios la quiere, que le seamos fieles, que cumplamos su voluntad y participemos de sus planes salvadores

Firmes en la fe
Finalmente, el lema que fue propuesto el Papa para la jornada mundial de la juventud del año 2011, habla de estar “firmes en la fe”. La fe puede compararse al árbol que se enraíza a partir del encuentro personal con Cristo, de la vida con Él y el conocimiento de cuanto ello comporta. Así va creciendo el tronco del que salen las ramas y los frutos de la fe, vivida personalmente y en la Iglesia. Una fe que debe hacerse cultura; pues, según Juan Pablo II, “una fe que no se convierte en cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”. El templo que Dios va construyendo en la historia con nuestra pobre colaboración, es también signo e instrumento de la fe.


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San Pablo escribe, acerca de la fidelidad de Dios a sus promesas: “Jesucristo, el Hijo de Dios no fue ‘sí’ y ‘no’, sino que en él se ha hecho realidad el ‘sí’. Porque cuantas promesas hay de Dios, en él tienen su ‘sí’; por eso también decimos por su mediación el ‘Amén’ a Dios para su gloria” (2 Co 1, 19-20).

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